El Diablo en el Arte Brujo





La existencia de la figura del Diablo es altamente familiar para aquellos que han estudiado, o se han dedicado directamente, a las prácticas de Brujería Tradicional europea, aunque la presencia de esta entidad dentro de los procedimientos mágicos es una que trasciende el contexto eurocéntrico, teniendo un papel en el folklor brujistico americano y africano, en este último caso podemos recordar directamente al renombrado, y muy temido, Kadi a Mpemba de la palería congolesa. 

Esto tiene como efecto que el estudiar la figura del Diablo en un contexto global sea demasiado extenso, incluso desde el aspecto de la microhistoria es difícil, esto es, circunscribiendo su presencia dentro de un periodo histórico y/o geográfico determinado en base a su rareza o inadvertida importancia frente a un evento mayor en el mismo periodo; por lo que este escrito se centrara principalmente en esbozar de forma sintética la presencia del Diablo, como Rey de los Brujos, dentro de la Brujería europea y su cosmovisión dentro del Arte Magice per se, y por supuesto bajo mi limitado entendimiento. Tal vez de esta forma ciertas interrogantes de los que ven con extrañeza esta manifestación sincrética queden respondidas, o cuanto menos una vaga noción al respecto se interiorice, pues realmente los misterios y verdades del Diablo en la Brujería están reservados solo para aquellos que se sumergen directamente en sus aguas. 

Antes de proseguir debo recomendarle a todos mis lectores, como suelo hacerlo con mis estudiantes directos, que para entender la historia del Diablo europeo es necesario leer el magnífico trabajo de R. Lowe Thompson “The History of the Devil”, que aun cuando fue escrito en el siglo XX, y mantiene cierta apreciación por la descartada tesis de la Dra. Murray, tiene una vigencia innegable. 

Es conocido, tanto por parte de los curiosos como de los paganos actuales, que la figura del Diablo es una creación directa de la Iglesia Católica, como una forma de representar arquetípicamente al enemigo de su Fe empleando como medio imaginería pagana; esto un instrumento para, valga decirlo, demonizar a las viejas creencias nativas europeas, y así imponer por miedo su dogma. Esto es el aspecto exotérico de la cuestión y que un análisis ligero por encima del tema revela sin mayores problemas.

Thompson defiende en su tesis que para “formar” al Diablo la Iglesia Católica se sirvió principalmente de la peculiar figura del Cernunnos de La Têne, Francia, deidad bastante polémica por su arcano y confuso origen y que parece haber sido alimentado no solo por una primaria base celta, sino por una clara influencia nórdica, mediterránea y alpina; esta influencia no quiere decir que estemos ante una apropiación cultural por parte de los celtas, pues como señaló gravemente el renombrado académico gales Sir John Rhys, parafraseado por Thompson en su obra, “es antiguo tanto en vestimenta como en actitud” (The History of the Devil, p. 65. ).

Por lo que si bien Cernunnos es el equivalente cultural del greco-romano Hades-Pluto, no puede ser considerado el uno y el mismo, ni mucho menos una amalgama de deidades propiamente. Aun así la influencia mediterránea es evidente cuando observamos la representación tricéfala en ciertas imágenes de la deidad gala, un atributo sumamente helénico.


Cernunnos en el Gundestrup Cauldron
Es de gravísima necesidad tener en consideración que el nombre Cernunnos, de etimología latina, es simplemente un título que puede leerse como el “cornudo”, y que ha sido incluso asociado por algunos académicos con la tricéfala deidad hindú Pashupati, una manifestación de Shiva como señor de los animales, o tal vez una representación temprana del mismo, sin embargo no es prudente adentrarnos en tal digresión pues nos llevaría por un largo y sinuoso camino, aun así el estudioso del Arte hará bien en explorar este muy interesante misterio por su cuenta.



En todo caso Cernunnos sería probablemente un título o denominación con la cual los romanos identificaban a un, hasta ahora, desconocido Dios celta/galo. Empero el desconocimiento del verdadero nombre de esta deidad no ha impedido el hilar concepciones y correspondencias simbólicas en base a la iconografía que lo rodea. 

En definitiva, para evitar desviarnos en demasía, la propuesta fundamental de Thompson yace en que el sustrato más antiguo de Cernunnos, y el resto de los llamados Dioses Cornudos, lo encontramos en la figura del Mago de la era Paleolítica, una figura chamánica que fungía de puente entre el mundo de los vivos y el de los muertos, y que propiciaba la fertilidad de los animales, para su posterior caza, con sus ritos. No nos corresponde a nosotros corroborar o desmentir esta hipótesis, demasiado presuntuosos seriamos de intentarlo, esto tiene relevancia en cuanto nos permite visualizar un ethos politeísta común fundamentado en la fertilidad, el éxtasis, la magia, lo salvaje, y el mundo de los muertos, que encuentra su epitome arquetípico en las figuras de Cernunnos, Herne, el “Green Man” británico y Pan/Faunus, tal vez por sus formas rudimentarias y salvajes, y es que precisamente por esta bestialidad fenotípica fueron elegidos por la Iglesia Católica para representar físicamente en conjunto a su Satán.

La formación de esta figura antagónica fue una respuesta a la supervivencia de creencias paganas entre las comunidades rurales, con su imperante superstición y fe en las viejas formas que, para pesar de la Iglesia, no terminaban de morir. A la inicial superposición de festividades le siguió una apropiación de atributos por parte de los Santos de las que poseían las previas deidades politeístas; como defiende Thompson más que ser cristianizado el Oeste, el Cristianismo se convirtió al Oeste: 

Primero que nada, la Cristiandad en el Oeste no fue un movimiento popular que comenzó en las clases bajas y se extendió hacia arriba. Usualmente comenzaba con la conversión de un caprichoso rey o jefe que era convencido por la elocuencia de algún valiente, o diplomático, misionero, la insistencia de su esposa, o el deseo de ganar prestigio. Incluso entonces estos jefes necesitaban sus Dioses de la Guerra (…) y si no encontraban en Jehovah un adecuado sustituto para Thor, adoraban a San Michael, quien era señor de la hueste celestial y por lo tanto elegible [para la guerra], o a San Jorge (…) Incluso cuando un rey como San Olaf hizo elegir a sus súbditos entre el bautismo o la muerte, es dudoso que alguna conversión real haya sido efectuada. Iglesias a la Virgen y otros santos son construidos donde los viejos templos se levantaron, a los altos lugares de sacrificio le son dados nombres sacros [católicos], santos de letras negras brotan en cada santuario de aldea y pozo sagrado; sin embargo aún hay continuas quejas de que antigua magia está siendo trabajada y viejas ceremonias están teniendo lugar de forma inalterada (Idem, págs. 88, 89.). [corchetes son míos].

Tal es la visión que Thompson nos presenta de la era de la conversión. Fue la testarudez del pueblo llano, en su afán de continuar con sus pasadas creencias, la que poco a poco forzó la mano de Roma, creando eventualmente la figura de su Enemigo por excelencia, y profundizando la conversión con métodos mucho más coercitivos que encontraron gradualmente su apoteosis durante la Inquisición.

Dado que estas creencias politeístas pervivían con abrumadora mayoría en las zonas rurales, donde la influencia cristiana era menos densa que en las grandes ciudades, a estos seguidores desfasados en el tiempo se les continuo denominando, no sin razón, paganos, entendido como habitante del campo o rústico, prosiguiendo así el viejo uso que se venía haciendo del vocablo desde el siglo IV d. C. ; esto será familiar para muchos, sin embargo es necesario entender el contexto histórico y cultural para poder captar integralmente la figura del Diablo. 

En directa relación a esto tenemos una arraigada costumbre politeísta, que evoca indefectiblemente la imagen de lo salvaje, representada potentemente en el mencionado Cernunnos, y que el Arzobispo de Canterbury Teodoro en su Líber Poenitentialis, hace sentida mención: 

Si alguien en las Calendas de Enero anda como un ciervo o un toro; esto es, haciendo de sí mismo un animal salvaje y vistiéndose en la piel de un animal de rebaño, y poniéndose la cabeza de bestias; aquellos que de tal forma se transformen a sí mismos a la apariencia de un animal salvaje, recibirán una pena de tres años pues esto es diabólico (Monumenta Ecclesiastica, II, págs. 32-4).

Estas prácticas, evidentemente arraigadas de forma indeleble en el hombre común, no eran exclusivas de la Inglaterra de Teodoro, sino que tenían presencia en la Europa continental, y serian la base exotérica de las prácticas de magia y brujería folclórica que perviven hasta nuestros días. 


Pan enseñandole a su amante, el pastor Dafnis, a tocar la siringa

Es este espíritu, e idea, natural y primitivo, que impulsaba a los campesinos y hombres y mujeres instintivos a reunirse en arboles sagrados, recolectar piedras como talismanes, pasar a sus hijos sobre el calor del horno para alejar el mal, adorar el agua de los pozos, consultar a los adivinadores para develar portentos, realizar juramentos en encrucijadas, tomar hierbas por sus atributos naturales y mágicos, cantar canciones a modo de encantamientos, para sanar o lastimar, implorar las bendiciones del Sol o la Luna; el que en definitiva representaba arquetípicamente como un todo aquel Diablo, con sus cachos de cabra, ciervo o toro, y sus toscas pezuñas, con sus genitales al aire, símbolo de su bruto poder y fértil virilidad. 

Peculiarmente los neo-paganos, siendo Gardner el principal impulsor, terminaron representando, tal vez inconscientemente y creyendo firmemente en la tesis de Murray, esta “Idea” del espíritu del paganismo en la concepción del sincrético Dios Cornudo de la era moderna, una deidad construida que tiene dentro de si piezas de diversos dioses históricos con cuernos, como Pan, Júpiter Ammon, Faunus, Khnum, Dioniso, Cernunnos, entre otros, y que es tomado por algunos, ignorantes de tal trasfondo, como una deidad pura en todo derecho, cuando mas bien es un principio intelectual abstracto, y una romántica conexión emocional con lo natural, que posteriormente fue tomado como una divinidad. 

Sin embargo esto no debe tomarse como una maliciosa critica, el Dios Cornudo neo-pagano es realmente una Idea, o mejor dicho, se alimenta de la Idea, es la encarnación del espíritu de la naturaleza salvaje que subyace en el viejo politeísmo, y ello lo hace una figura de análisis interesante; simplemente al estudiarlo se debe evitar caer en el engaño de pensar que es realmente un Dios en el mismo sentido que Dioniso, o el mismo Cernunnos, con el que ha sido tan íntimamente identificado hasta el punto de ser considerados sinónimos, y es que nunca sabremos realmente cuanto del viejo Cernunnos galo hay dentro del artificial “Dios Cornudo” neo-pagano. 

Siendo este Dios Cornudo una Idea, sí con mayúscula platónica, para entender el misterio a cabalidad será más productivo adentrarse en el mismo, y explorar directamente, y por separado, a las deidades que lo constituyen; si en algo puede ser útil tal constructo deificado es para incentivar al curioso a conocer directamente a entidades como Sabazius o Pan. 

De tal forma que, siguiendo esta línea de razonamiento, tanto el vocablo Dios/Señor Cornudo, como el de Diablo, son realmente más que nombres propios, títulos que corresponden a una Idea y un grupo de deidades que hacen parte de esa Idea. Similar en cierta forma a la voz Lucifer, como ya lo hemos visto en mi extenso escrito al respecto.

Pero concentrémonos en el Diablo, pues allí están, como siempre, los detalles.


The Dance of Asterion por Denis Forkas(2014)

Repasemos: Hemos dado con el hecho de que la Iglesia Católica elaboró la figura física del Diablo en base a la imagen de viejos Dioses como Faunus, Herne y Cernunnos, como una forma de compeler a los hombres rurales a abandonar sus vetustas prácticas, transformando a la imagen por excelencia del paganismo adorador de la naturaleza, del júbilo extático y lo salvaje, en una entidad negativa y demoniaca. Por lo tanto, bajo esta visión analítica, podemos decir con total seguridad que el Diablo no existe propiamente, no por lo menos como una entidad aparte y primordial por si sola, es una total abstracción a la cual se le da un recubrimiento estético con el objetivo expreso de llevar a los paganos a los brazos de Roma.

La sangre del Diablo es la Idea del paganismo, de la naturaleza, del frenesí y la rebeldía de lo salvaje, cubierta con los huesos y carne de Pan y Cernunnos.

En este punto el “ente” se divide en dos, para una mayor facilidad de comprensión, estos son: el Diablo Teológico y el Diablo Folclórico.


El Diablo Teológico y el Diablo Folclórico


Tenemos pues en primer lugar al Diablo desde la perspectiva teológica, este es, el gran Adversario de Yahvé, otrora hermoso Ángel celestial y luego Señor de los Demonios, aquí se presenta la entidad maligna por excelencia que busca tentar al hombre, ya sea por previo pacto con el Dios hebreo o por su propia malicia innata, y contra el cual hay que luchar, pues ceder ante sus tentaciones supone la caída del espíritu del hombre y la consecuente estadía eterna en el Infierno cristiano.

Pintura Boloñesa del Diablo en el Juicio Final. Siglo XIV
En esta manifestación del Príncipe de las Tinieblas tenemos a la antítesis del Cristianismo, y es precisamente esta forma en particular la que en ocasiones suele ser confundida con su contraparte folclórica, y la que fue empleada para infundir temor, muchas veces de forma bastante exitosa, al humilde pueblo que se aferraba a su moribunda fe antigua.

El Diablo Teológico es por lo tanto una poderosa idea, y una entidad irreal en relación al paganismo y sus deidades, más allá del posible egregor que se creó por siglos de pánico ante la condenación perpetúa, de igual forma pudiese ser argumentado que es una perpetuación del viejo Shaitan (Opositor, Enemigo) hebreo, o el Iblis árabe, aunque adulterado para poder demonizar de forma más específica al espíritu del obstinado politeísmo de entonces que se resistía a morir.

Por otra parte tenemos al Diablo Folclórico, que se presenta como una contraparte mucho más interesante, pues mientras el demonio teológico se constituye como una construcción de alcance más filosófico y político en las manos de la Iglesia, este es realmente un espíritu que tiene manifestación tangible entre los hombres y que ha interactuado con el mismo durante siglos; basta ver las historias acerca del Hombre Negro que en las oscuras noches se presenta al valiente en las encrucijadas para realizar pactos y tratos, o las confesiones de brujas medievales como Isobel Gowdie o Elizabeth Southerns, quienes no tuvieron reparos en admitir sus tratos con Old Nick, un nombre popular del Diablo en el Reino Unido. Esto sin aventurarnos al Hellequin de Francia, o sus manifestaciones en el Nuevo Mundo, como veremos más adelante.

Este Diablo, a diferencia de su más ontológico rostro bajo el canon existencialista de la fe católica, mantiene de forma sobrecogedora atributos de Dioses paganos, es imposible no ver en sus acuerdos sobrenaturales la astucia y malicia de Oðinn, en sus ansias de frenesí sabbático la lujuria de Dioniso, en su caminar la investidura de Herne, y en sus cuernos la testa de Faunus. Ello no quiere decir que Él sea precisamente estas deidades simultáneamente, sino que dentro de si se atestigua el espíritu vivo de los Poderes del politeísmo ancestral. 

En su manifestación folclórica tenemos a este espíritu que gobierna sobre la naturaleza y sus espíritus, puede otorgar daemones, o Familiares, para ayudar a sus seguidores, es dador del regalo de la magia y enseña sus procedimientos para así provocar cambios en las vidas de los valientes devotos que le siguen en secreto, puede dar conocimiento del mundo y como se maneja, y lleva a sus hijos a estados de trance y de éxtasis festivo para comulgar cuasi religiosamente. Todo esto previo a un acuerdo, el famoso Pactum Diabolicum.

La naturaleza del pacto, tan demonizada por algunos, es verdaderamente de una innata sacralidad, es el viejo acuerdo entre los Dioses y espíritus con los hombres; el Diablo al presentar su pacto está realmente llevando al individuo por un camino de prueba en el cual lo hace parte integral del mundo de la Otredad, atrayéndolo a constituirse como una pieza consciente de las antiguas leyes cósmicas, pues los mismos Dioses están atados a los juramentos. 

El Diablo Folclórico, como lo hicieron a su vez Loki, Hermes, Elegua en los mitos yorubas, Coyote entre los nativos norte-americanos, Manannán mac Lir, y por supuesto al siempre fecundo en ardides Wotan/Oðinn, emplea el pacto y una actitud ambigua y supremamente astuta, para probar al individuo a través de engaños, templando su aptitud, y si este falla pues demostraría ser indigno de participar en el mundo de los espíritus, pues no tendría la capacidad de responsablemente seguir los preceptos primordiales, leyes que no son análogas a las materiales; por ello como Dioses Embaucadores se decantan por desobedecer postulados comunes e ir en contra del comportamiento moral convencional, pues se rigen por otros parámetros, inmorales o amorales para nosotros.

Les Vierges de Satan de Jean-Michel Nicollet (1971)

La famosa astucia del Diablo no es una característica negativa per se, y la encontramos en la misma medida en las figuras divinas mencionadas, sino una prueba de su elevado conocimiento del cosmos y el mundo, por ello el Brujo/Mago al tratar con el Diablo debe ser tan o más astuto que él, recordemos la escena del Fausto de Goethe, en donde el famoso doctor atrapa, sin saberlo inicialmente, a Mefistófeles, y lo fuerza a deleitarlo con historias, sin embargo al final el infernal soberano resulta victorioso al dormirlo con tantos cuentos y escapa gracias a que un ratoncillo, impulsado por él mismo, royese la punta del pentagrama que lo mantenía cautivo en la habitación.

Vemos por lo tanto que el ethos del Pacto es de una sacra esencia, y consiste principalmente en establecer una relación de intercambio entre las partes, al mismo tiempo que prueba al hombre en su capacidad para regirse por principios trascendentales y ser digno de recibir los regalos y misterios.

El pacto es intrínseco a la figura del Diablo como señor de los espíritus y la naturaleza, como lo es para las Deidades Embaucadoras del politeísmo antiguo. El hilo comienza a verse de forma diáfana. 

Este Diablo Folclórico se erige igualmente, y con todo derecho, como un Shaitan/Satán, pero, a diferencia de su manifestación teológica, no siendo un enemigo de Yahvé y el orden universal, sino como el Adversario de la civilización y su estricta moral, intentando inclinar la balanza a favor de lo atávico, lo primordial, natural y desenfrenado; es en verdad el antagonista de la fe cristiana y sus dogmas restrictivos, como en su tiempo el ctónico Dioniso lo fue del aristocrático culto olímpico de la Polis. Naturalmente bajo esta perspectiva muchas deidades pueden ser consideradas el Shaitan de su época y situación geográfica. 

Diferenciados ambos aspectos de nuestra figura histórica de debate, y comprendiendo la íntima relación entre el aspecto popular, rural y mágico del mismo con el nativo paganismo, cabe pues la pregunta más controversial de todas: ¿Quién es el realmente el Diablo Folclórico? 

La respuesta no es sencilla, una presencia tan compleja, y extendida geográficamente, no puede ser simplificada burdamente. 

Detrás del Diablo habita el espíritu indómito y astuto de la naturaleza, el conocimiento de los elementos constitutivos de la tierra, el poder de la magia, el éxtasis ritual, la interacción con los espíritus, el atavismo primordial de lo salvaje, por lo que todos los Dioses y espíritus que hacen parte de este primigenio misterio llevan la indeleble mascara del Diablo, como ostenten dicho velo estará atado a su especifica reificación, si deciden emplearlo. Estas deidades/espíritus no necesariamente son conocidas por todos, ni están circunscritas solo al espectro eurocéntrico, y en ocasiones deciden ser el Diablo sin cuernos inclusive. 

En las montañas de Arkansas, lejos del viejo mundo, habita igualmente el Diablo, allí este señor de lo atávico, si bien en ocasiones se presenta con pezuñas y formas atemorizantes, puede tomar la forma de un hombre común y corriente: 

“Un viejo hombre cerca de Caverna, Missouri, me dijo una vez que conoció al Diablo caminando en la nieve justo al sur de la línea de Missouri-Arkansas. Cuando le pregunté acerca de la apariencia del Diablo, él me lo describió como un ordinario hombre del campo, con bragas azules, sombrero encorvado, rostro delgado, larga cabellera, escopeta al hombre y así. ‘Él lucia como un común y ordinario talador’, dijo el viejo con asombro” (Ozark Magic and Folklore, p. 276.). 

Aquí en Venezuela el Diablo, cuentan en los poblados, toma la forma, aparte de sus usuales metamorfosis en cabras, perros negros y zamuros, de un indio vestido de negro, con sombrero de ala ancha, imagen inmortalizada en el renombrado poema Florentino y el Diablo de Arvelo Torrealba; en otras ocasiones se le ve con la imagen de un “musiú”, esto es un hombre rubio y de ojos claros; también con la forma de un hombre negro, el conocido Mandinga, vestido igualmente con oscuros atavíos. 

En estos rostros del Diablo no encuentro directamente al germánico Wotan, o al Baco romano, aunque tengan algunas similitudes en comportamiento, y en fenotipo en ciertos casos, pero sí veo claramente al mismo impulso indómito, astuto, sabio y malicioso de la naturaleza desnuda y nativa, ese numen primordial que alimentó en su momento a los viejos Dioses chamánicos y ctónicos europeos. 

Estamos pues ante un nombre/epitome, símbolo y efigie capaz de ser empleada por diversos númenes de lo mágico, salvaje y extático en variadas zonas geográficas y culturas como un método de presentación y contacto. El Diablo es pues no un espíritu, sino una multitud de espíritus y Dioses, que hacen parte del Misterio Primordial de la Naturaleza. 

Por ello, sin duda, podemos decir que no hay nada más pagano/politeísta que el Diablo. 

La Idea detrás de Él es primordial y antecede a cualquier civilización, aunque su terminología sea de la era cristiana. Anterior al vocablo exacto no había una palabra que definiera la Idea, esa indómita y natural de la que hemos venido hablando y empleando con la mayúscula platónica para los entendidos de la Filosofía, por lo que tal vez debamos agradecer al Cristianismo por haber producido un término que en su ambigüedad y gravedad representa tan adecuadamente ese principio de lo salvaje, embaucador, mágico, sabio, y frenético.


Imagen por Stoudaa

Aun cuando la figura diabólica tiene presencia en el mito del pueblo llano, y blande principios naturales que permean a toda la existencia, pudiendo de tal forma ser contactado por el valiente que se atreva a buscarlo y pactar, su entendimiento pleno solo es posible a través del Arte, pues solo el Brujo es capaz de comulgar plenamente con Él y tomar parte de su Fuego de la Astucia, conviviendo con su presencia de hombro a hombro. 

Esta clara diferencia la vemos en las formas de realizar los acuerdos. Un método congolés, por ejemplo, para procurar el Pactum Diabolicum con Kadi a Mpemba, la figura de Diablo en esta cultura y del que hicimos mención al principio de este ensayo, requiere una propiciación y lucha, el rito, si bien de un carácter sumamente primitivo y bruto, tan cercano a la verdadera Brujería, recuerda más a la intención de un mago ceremonial al someter a un espíritu. 

Toda entidad prueba, y el Dios de los Brujos lo hace reiteradamente, sin embargo su relación con el practicante del Arte mantiene tonalidades de una índole más familiar y cercana, aunque se mantenga la necesidad de procurar adecuadamente su favor y protegerse frente a ciertas corrientes de su Reino. No estamos ante una entidad dócil, por más próximo que pueda ser en la convivencia con sus devotos.


EL DIABLO COMO EL MAESTRO DEL ARTE MAGICE 

 

La imaginería de las recensiones o cultos del Arte Brujo se nutre de evidencia histórica, costumbre y gnosis personal, al igual que evocaciones románticas que fungen como un instrumento a través del cual edificar un mito personal o comunal, que evoluciona hasta hacerse tradición propiamente; es así que esta figura del Diablo folclórico medieval ha sido exitosamente adoptada por un sin número de practicantes de la Brujería Tradicional, no necesariamente de forma deliberada y consciente, perviviendo el antiquísimo principio del Dios de la naturaleza y la magia, en una movida que terminó empleando a la creación cristiana como un velo y rostro del Señor de la Brujería. De ahí la preferencia por plasmar al Maestro con cuernos, tanto para evocar románticamente a la figura del Diablo, como para sostener y exaltar la Idea del primigenio Rey de los bosques y lo salvaje.

Esto no ha sido un movimiento unilateral por parte de los practicantes, como ya hemos visto, sino que el mismo Señor Brujo, en las diversas y únicas reificaciones que son aptas para ocupar tal posición, emplea activamente tales velos y máscaras para hacérsele presente a sus devotos y seguidores, como atestiguan las confesiones de los brujos del medioevo, confirmando que los brujos en verdad son los Hijos del Diablo. 

De tal manera que variadas formas culticas de la Brujería Tradicional, como practicantes individuales, hacen uso de la voz Diablo para referirse al Maestro del Arte, en especial aquellas en las cuales el Sabbath y el pacto mágico, tienen especial preponderancia.


Imagen por Adrian Baxter

Como el Dios de los Brujos el Oscuro Señor se erige como el macho cabrío que entre sus cuernos porta la llama luciferina, y otorga a sus hijos los dones para el vuelo y el trance, al igual que conceder a los espíritus familiares que serán los aliados del practicante en el Oficio, ayudándolo en sus bendiciones y maldiciones, extendiendo su dominio sobre este mundo; o como aquel hombre vestido de negro que clava su daga en la encrucijada cuádruple, símbolo de su dominio sobre los elementos, escondiendo dentro de sí a su propia sombra, el terrible Guardián, pero esa es otra historia.

Es así que el Diablo se constituye como un velo e identidad del Maestro, deidad masculina por excelencia en la Brujería, aunque sus características particulares e idiosincrasia dependan en gran medida del espíritu que lo sostenga; hemos conocido recensiones en las cuales el papel de Maestro o Padre Brujo (Witch Father) lo ejerce Wotan, asumiendo plenamente el papel de Hombre Negro del Sabbath bajo su aspecto de Grímnir el Encapuchado, otras en donde es Azazel quien funge como Diablo, alcanzando tonalidades de una índole más fogosa y lujuriosa, mientras que algunas son guiadas por espíritus que actúan como su Maestro que son desconocidos para la mayoría, como aquellos númenes nativos y de región especifica que se presentan como el Diablo en Suramérica y África.

El Maestro hace parte de la Idea primordial que reiterativamente ha sido núcleo de este escrito y que hemos repetido incansablemente con el anhelo de que sea interiorizada por el lector, y como tal es tan variado y rico en manifestaciones como compleja y ramificada es la Idea misma. 

Es importante hacer el señalamiento, por si han quedado dudas, que el Maestro y el Diablo, al final uno solo desde la praxis del Arte Brujo, aun cuando parten de una Idea primigenia tienen diversas manifestaciones, única cada cual, no debe pensarse nunca que son la exacta entidad en cada culto o tradición, caeríamos en las banalidades y ligereza espiritual de la Nueva Era y el Neo-Paganismo; existen similitudes evidentemente, pues devienen de ese principio ancestral, pero cada reificación es rica en si misma, parafraseando a Chumbley: vedlos como las estrellas en sizigia, que en la distancia parecen verse como una sola en su alineación, pero al acercarse se encuentra que son muchas y diferentes.

Y como innumerables son las estrellas en el cielo, de la misma forma innumerables son las formas que el Diablo puede adoptar y los misterios que puede develar, para aquellos que tengan el coraje suficiente para aproximarse al cruce de senderos y encender la hoguera en su honor, tal vez en ese momento reciban la bendición del Pacto y, como en las viejas iniciaciones de los primeros coventículos, sean marcados con su tridente.

No duele, no mucho por lo menos, se lo aseguramos.



Simulacrum of the moon por Luciana Nedelea



Referencias bibliográficas y obras citadas: 

-Alpizar, R. (2016) Palo Mayombe. El legado vivo de África en Cuba. Madrid: Vision Net. 

- Randolph, V. (1964). Ozark Magic and Folklore. EE.UU: Dover Publications

-Thompson, R. (1929) The History of the Devil. Londres: Billing and sons Guildford.

-Thorpe, B. (Ed.) (2012). Monumenta Ecclesiastica. Cambridge: Cambridge University Press. (Obra original publicada en 1840).





3 comentarios :

  1. Saludos y gracias por este desarrollo sobre el tema "Diablo" bien aoprta luces sobre sus origenes y connotaciones. Yo propondría que se hurgase un poc sobre la condicón de vigilante de información material o más aún sobre saberes naturales, es decir sobre ese aspecto Guardian con la que se le asocia en lugares y parajes. Gracias!!!

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    1. Saludos,

      Nos complace que este ensayo haya sido cuanto menos interesante, el rol del Diablo como el Maestro del Arte involucra sin duda su poderio sobre el reino natural, con mayor o menor enfasis dependiendo claro esta de la reificación especifica que tome.

      Gracias por escribir.

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